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GRASAS OMEGA 3: ¿LA PANACÉA?


GRASAS OMEGA 3: ¿LA PANACÉA?

¿Existe la panacéa? Puede existir una sustancia que cure todos los males y restablezca completamente la salud.

Aunque formulado de una manera tan extrema la afirmación es exagerada, no es descabellado que exista una substancia que cure, no todos, pero posiblemente sí, gran parte de las dolencias que aquejan a la humanidad.

¿Por qué?

Aunque la medicina alopática, oficial, convencional, occidental ..., llamémosla como queramos, presenta las enfermedades como una serie de fenómenos individualizados e inconexos, millones de personas en este planeta estamos convencidos de que todas esas enfermedades no son más que etiquetas que se le ponen a una serie de síntomas (para poder vender un determinado medicamento) y de que es en el origen de todos esos problemas, en los desequilibrios orgánicos precursores de la enfermedad, provocados por los errores en la higiene vital, por la falta de adecuación a los principios universales de la salud, donde debe buscarse, exclusivamente, la solución.

Si bien los errores en la higiene vital pueden ser variados y, por tanto, la enfermedad puede tener un origen multifactorial, especialmente en los tiempos que corren, en que nos vemos expuestos a una agresión ubicua y permantente, las causas de la enfermedad no parece que sean, numéricamente, una ínfima parte del número de enfermedades que se nos venden.

¿Y si alguno de esos contados factores que intervienen en la gestación de la enfermedad tuviese especial incidencia sobre la salud por la importancia del principio natural vulnerado, por el número de personas a las que afecta a nivel planetario o por ambas razones? ¿Y si existiese una sustancia que contrarrestase ese determinante factor de desequilibrio? ¿Podríamos hablar entonces de la panacéa? Quizás no, pero casi.

Si la panacéa existiera, el omega 3 posiblemente sería uno de los principales candidatos al título.

La preservación del equilibrio metabólico y la salud exige el mantenimiento en el organismo de unas determinadas proporciones, un determinado ratio, de ácidos grasos omega 6 por un lado y ácidos grasos omega 3 por otro. El ratio deseable, concretamente, está en el rango de entre 1:1 y 1:4.

Pues bien, la dieta occidental tipo, tanto por la preponderancia en ella de ciertas clases de alimentos como por los métodos de producción y procesamiento de éstos, presenta un grave desequilibrio en favor de las grasas omega 6 y en detrimento, por tanto, de las omega 3. Esa es la razón por la cual el incremento de las cantidades ingeridas de ácidos grasos omega 3 opera una transformación en la salud del ciudadano occidental.

Gran parte de las bondades de estas grasas se descubrieron en los años 70 del siglo XX al constatar ciertos estudios realizados sobre la población esquimal que los esquimales, cuya dieta contenía concentraciones muy altas de ácidos grasos omega 3 procedentes del pescado, prácticamente no padecían enfermedades cardiovasculares.

Aunque todavía existe controversia acerca de algunos de los efectos positivos sobre la salud atribuidos a los ácidos grasos omega 3, se han realizado numerosos estudios cientificos que le otorgan propiedades beneficiosas y efectos como la reducción de los niveles de triglicéridos, de la tensión, la mejora de la circulación sanguínea, la reducción del riesgo de padecer infarto de miocardio, arteriosclerosis y otras enfermedades cardiovasculares, la reducción del riesgo de padecer algunos tipos de cáncer, la mejora en la función inmunitaria, la mejora en pacientes de fibrosis qúistica, la reducción de la inflamación en la artritis reumatoide, la mejora de las funciones cognitivas y el rendimiento mental en general, la prevención de la demencia senil,la mejora de los síntomas de la depresión, la reducción de la ansiedad y la mejora en pacientes con esquizofrenia.

Aunque el valor de mi propia experiencia sea anecdótico, puedo decir, como persona afectada por el síndrome de hipersensibilidad a los campos electromagnéticos que, tras cerca de doce años de padecer la dolencia, he logrado reducir los síntomas prácticamente a cero con el consumo diario de omega 3 (en forma de aceite de lino de primera presión en frío, a razón de una cucharada sopera diaria).

Una de las principales fuentes naturales de ácidos grasos omega 3 en la alimentación es el pescado, especialmente algunos de ellos como la sardina, el salmón o la caballa. El inconveniente, no obstante, de recurrir al pescado como fuente de omega 3, ya sea en su estado natural o (y sobre todo) en forma de suplementos dietéticos de aceite de pescado, son las altas concentraciones de mercurio, otros metales pesados y dioxinas existentes en los peces y muy particularmente en su grasa. Si bien son los pescados de mayor tamaño, como el pez espada o el atún, los que mayores concentraciones de mercurio presentan, a gran distancia de especies como la sardina o el salmón, ingiriendo estas dos especies mencionadas no se evitan otros contaminantes como las dioxinas.

Entre las fuentes vegetales de omega 3, diferentes (y según los estudios menos beneficiosas) de las de origen animal por ser de cadena corta y no de cadena larga, destaca el lino, cuyo aceite contiene alrededor de un 50% de omega 3 y es fácil de encontrar en herbolarios. Las nueces tienen también un alto contenido en omega 3.


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