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SOL Y SALUD: UN EXPERIMENTO CASERO

SOL Y SALUD: UN EXPERIMENTO CASERO

Hace alrededor de 10 años, mi convencimiento pleno de que muchas de las cosas que ocurren en el interior del organismo tienen su reflejo en el exterior y particularmente en el rostro, me llevó a pensar que ciertas irregularidades faciales que veía cuando me miraba al espejo (concretamente una anómala y asimétrica falta de volumen y definición en la parte interior del pómulo derecho) podían denotar el desarrollo de algún estado degenerativo (en un sentido amplio del término) que, a juzgar por la persistencia de los signos externos parecía estar cronificándose.

Debido a la convicción de que cuando algo anda mal en el cuerpo en un 99% de los casos es porque estás haciendo algo mal o porque algún agente externo del que no eres consciente está perjudicándote, durante años he realizado todo tipo de experimentos con la alimentación, introduciendo y sacando alimentos con el fin de identificar qué me faltaba o me sobraba, amén de potenciar los demás aspectos de la salud que me parecían importantes. Durante estos diez años, sin embargo, no fuí con esta estrategia capaz, en ningún momento, de modificar consistentemente los signos externos a los que me refiero, ni corregir, por tanto, el proceso que subyacía a ellos.

Mi monolítica percepción de la salud y mi arraigada idea de que el organismo (con los cuidados necesarios) tiende a la salud por encima de todas las cosas me decía que antes o después acabaría encontrando la causa del problema pero, aunque mi fe inquebrantable en ese principio me evitó desfallecer y renunciar a esa concepción de la salud, que forma parte de mi esencia, sí es cierto que cada vez me sentía más desorientado y perplejo. Estaba incidiendo sobre los que creía eran los pilares fundamentales de la salud (sobre la alimentación, sobre la respiración mediante técnicas de reeducación postural, sobre el sueño y sobre la actividad física) y, sin embargo, aparentemente no era capaz de solucionar el problema que padecía.

Y un día la luz, y nunca mejor dicho, se hizo. El milagro ocurrió cuando me dí cuenta de que faltaba una variable en la ecuación, una variable cuya ausencia era absolutamente clamorosa, una variable que mi propia concepción de la salud pedía a gritos que introdujera, pero que a pesar de todo no había sido capaz de valorar en su justa medida en todo ese tiempo. La variable no era otra que el sol (y posiblemente, en gran medida, la vitamina D).

Hace tres meses, concienciado de la enorme importancia del sol y la vitamina D en un sinnúmero de funciones vitales, tras la lectura de una serie de artículos al respecto, decidí iniciar una cura helioterápica aprovechando las generosas dosis de radiación solar que el final de la primavera y el principio del verano me procurarían. Había leído acerca de estudios que establecían una correlación inversa entre el nivel de vitamina D en la sangre y las tasas de incidencia de ciertos tipos de cáncer y de otras enfermedades, y me propuse mantener altos los niveles de dicho micronutriente de manera constante durante algún tiempo, con exposiciones diarias durante todo el periodo de alrededor de hora y media (de en torno al 75% de la piel),  evitando siempre llegar a quemarme.

Bajo ningún concepto pretendo con la narración de esta experiencia inducir a nadie a exponerse al sol en ninguna medida. El fundamentalismo existente en relación con la exposición al sol y el melanoma cutáneo me obligan a introducir esta cláusula eximitoria. Lo que no creo que pueda nadie impedirme es relatar una prueba que bajo mi propia responsabilidad de persona adulta me ha parecido oportuno llevar a cabo.

Por otro lado y, aunque suene bastante de perogrullo, creo que cuando el sol da muy de frente y,   especialmente si se nota alguna molestia en los ojos, es necesario utilizar gafas protectoras para prevenir lesiones oculares

Debo decir que el resultado de la terapia ha sido asombroso y que los signos de enfermedad mencionados al principio del artículo han desaparecido por completo.

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