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DEFICIENCIA DE YODO: UNA LACRA QUE AFECTA A 2.000 MILLONES DE PERSONAS

DEFICIENCIA DE YODO: UNA LACRA QUE AFECTA A 2.000 MILLONES DE PERSONAS 

Tal como María del Carmen Millón Ramírez explica en su asombrosa (por su exhaustividad, el lenguaje asequible en que está redactada, el interés que despierta en el lector...) tesis Prevalencia del bocio endémicos y otros trastornos relacionados con la deficiencia de yodo en la dieta de la comarca de la Axarquía (Málaga), las deficiencias de la tiroides, más específicamente el bocio, como manifestación extrema, se conoce, e incluso se trata, casi desde el principio de los tiempos.

En la china de los albores del tercer milenio a.C. el Tratado de las hierbas y de las raíces, del emperador Shen-Nung, recomienda un alga marina denominada Sargassum como remedio contra el bocio. Tratados pertenecientes a otras culturas antiguas como la hindú, la egipcia, la griega o la romana describen igualmente la enfermedad y las formas de combatirla. Algunos de los antiguos escritos sobre el tema hacen incluso referencia a las causas de la enfermedad, en algunos casos parece que con bastante acierto: En la china del primer milenio a.C. se achaca la enfermedad a la mala calidad del agua; también Hipócrates culpa del bocio al agua; los romanos constatan una elevada prevalencia del bocio en un área montañosa como son Los Alpes; ya en el renacimiento, Paracelso atribuye el bocio a la falta de minerales en el agua potable.

Ya en la primera mitad del siglo XIX Jean Louis Prévost y A. C. Maffoni asocian por primera vez el bocio con la deficiencia de yodo y Boussingault propone la administración de sal yodada para la prevención del bocio. Y aproximadamente desde la década de los años 20 del siglo XX, un cierto número de paises, Estados Unidos, Suiza, Canadá, Paises Bajos, Nueva Zelanda, Polonia y Alemania instauran políticas de yodación de la sal.

A pesar de la antigüedad, la gravedad y la amplitud del problema, si bien se ha reducido su incidencia en algunas áreas geográficas, se estima que actualmente la deficiencia de yodo sigue afectando a entre 1.500 y 2.000 millones de personas en el mundo entero.

De acuerdo con el Atlas of world hunger, de T. Bassett, T. y A. Winter-Nelson, 2010, hay aún hoy un notable número de paises de Europa, Asia y África en cuyas poblaciones existen porcentajes muy elevados de personas con deficiencia de yodo, definida ésta como una concentración de yodo en la orina inferior a 100 microgramos/l. De acuerdo con dicha fuente España, al igual que otros paises del entorno, como Italia o Francia, presentan porcentajes elevadísimos, entre el 50% y el 100%, de personas con niveles de yodo inadecuados en la orina. No ocurre lo mismo en los paises de Latinoamérica, en los cuales las políticas de yodación de la sal promovidas por organismos de la ONU y otras organizaciones integradas en la Red para la eliminación sostenible de la carencia de yodo han hecho posible porcentajes de población con niveles inadecuados de yodo en la orina inferiores al 20% de manera muy generalizada.



El retraso mental y el cretinismo como resultado de la carencia de yodo durante la gestación y la infancia son algunas de las consecuencias más graves de la deficiencia y que más pueden haber pesado en la decisión de los organismos internacionales de involucrarse en la resolución del problema. Sin embargo, existen toda una serie de trastornos y síntomas de menor importancia asociados a deficiencias de yodo más leves o incluso subclínicas. La somnolencia, la letargia, la ralentización de la función intelectual y del metabolismo en general, el estreñimiento, la abulia, la apatía, la sensibilidad al frío, la piel seca, la alopecia, la piel de naranja (engrosada), los surcos nasogénicos pronunciados o la tendencia a coger peso, entre otros signos, pueden ser consecuencia de un hipotiroidismo subyacente.

Durante las últimas décadas, al histórico problema de la escasez de yodo en los suelos de algunas regiones, especialmente las montañosas y a la imposibilidad del acceso a los alimentos de origen marino, ricos en yodo, por algunas poblaciones del interior, se han unido nuevos factores que contribuyen a agravar la situacion y a contrarrestar, al menos parcialmente, las políticas de yodación de la sal puestas en práctica en los últimos años. El bromo, el cloro y el fluor son elementos que compiten con el yodo al adherirse a los mismos receptores, impidiendo la adecuada acción del yodo en el organismo y la disponibilidad de éste en la tiroides, contribuyendo, por tanto, al hipotiroidismo. Concretamente el bromo está muy presente en nuestro entorno, formando parte de diversos compuestos químicos como los bromuros, en un amplio abanico de productos como los cosméticos, los muebles, los plásticos, las alfombras, los colchones, los pesticidas e incluso en algunos aditivos alimentarios.

A la carencia de yodo debida a la escasez del elemento en el organismo por deficiencias nutricionales o a su deficiente aprovechamiento a causa de la presencia de competidores como el bromo, el fluor o el cloro, puede añadirse como factor causal del hipotiroidismo un proceso autoinmune (el organismo produce anticuerpos que atacan a la tiroides), caso de la enfermedad de Hashimoto. Cuando el trastorno tiroideo es de naturaleza autoinmune los especialistas hacen incapie en la necesidad de evitar la exposición a productos químicos y las intolerancias alimentarias (entre las cuales algunas de las más frecuentes son la intolerancia al gluten y la intolerancia a los productos lácteos).

Otra factor que puede contribuir a una baja actividad tiroidea es una insuficiente ingesta de alimentos protéicos ricos en tirosina, precursor de las hormonas tiroideas.

Por lo que respecta al yodo, una vía para optimizar los niveles de este mineral en el organismo es el consumo de alimentos de origen marino, es decir, el marisco y el pescado de agua salada. El pescado de agua dulce, en cambio, no es un alimento tan adecuado para este fin como el de agua salada, puesto que contiene, de media, cantidades de yodo diez veces inferiores a las presentes en los productos de origen marino.

Existen, por otro lado, una serie de alimentos que, por su contenido en substancias que interfieren con la asimilación del yodo pueden favorecer el hipotiroidismo. Tales son los alimentos que contienen tiocianatos, como el maíz, el lino o las crucíferas (brócoli, coles de bruselas, coliflor, repollo ...); los que contienen flavonoides, como la soja, el mijo, los cítricos, la cebolla, el vino o la cerveza; o los que contienen quercetina y substancias afines, como el te, las uvas, los albaricoques, las manzanas, los espárragos o el trigo sarraceno.



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